Contra las patrias, el Viejo Maestro




La nacionalidad del obrero no es ni francesa, ni inglesa, ni alemana, es el trabajo, la esclavitud libre, el automercadeo. Su gobierno no es ni francés, ni inglés, ni alemán, es el capital. Su aire nativo no es ni francés, ni alemán, ni inglés, es el aire de la fábrica. La tierra que le pertenece no es ni francesa, ni inglesa, ni alemana, está a unos cuantos pies bajo el suelo.
Karl Marx: Crítica de «El sistema nacional de economía política» de Friedrich List

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jueves, febrero 23, 2012

Anticritica

 Rosa Luxemburgo

Habent sua fata libelli: los libros tienen su estrella. Cuando escribía mi Acumulación del Capital, me asaltaba  de  cuando  en cuando  la  idea  de que  acaso  todos  los  partidarios,  un poco teóricamente versados de la teoría marxista, dirían que lo que yo me esforzaba por exponer y
demostrar tan concienzudamente en esta obra era una perogrullada; que, en realidad, nadie se había imaginado que la cosa fuese de otro modo y que la solución dada al  problema era la única posible e imaginable. Pero no ha sido así. Por la prensa socialdemócrata han desfilado toda una serie de críticos proclamando que la concepción en que descansa mi libro es falsa por completo, que el problema planteado no existía ni tenía razón de ser, y que la autora había sido lastimosamente  víctima  de  una  simple  equivocación. Más: la  publicación de mi libro ha aparecido enlazada con episodios que hay que calificar,  por  lo menos,  de desusados.  La “crítica” de la Acumulación publicada en el Vorwärts de 16 de febrero de 1913 es, por su tono y su contenido, algo verdaderamente extraño, incluso para lectores poco versados en la materia.

Tanto más extraño cuanto que la obra criticada encierra un carácter  puramente teórico,  no
polemiza  contra  ninguno de los  marxistas  vivos  y  se  mantiene dentro  de  la más  estricta objetividad. Pero por si esto no fuese suficiente, se inició una especie de acción judicial contra cuantos se atrevieron a emitir una opinión favorable acerca del libro, acción en la que el citado órgano central  en la prensa (en la cual  no habría,  además,  ni  dos redactores que hubiesen leído  el  libro)  se  distinguió  por  su  fogoso  celo.  Y presenciábamos  un acontecimiento  sin precedente y bastante cómico, además: la redacción en pleno de un periódico político, se puso en pie para emitir un fallo colectivo acerca de una obra puramente teórica y consagrada a un problema no poco complicado de ciencia abstracta, negando toda competencia en materias de economía  política  a  hombres  como  Franz  Mehring  y  K.  Kautsky,  para  considerar  como “entendidos” solamente a aquellos que echaban por tierra el libro.

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