Contra las patrias, el Viejo Maestro




La nacionalidad del obrero no es ni francesa, ni inglesa, ni alemana, es el trabajo, la esclavitud libre, el automercadeo. Su gobierno no es ni francés, ni inglés, ni alemán, es el capital. Su aire nativo no es ni francés, ni alemán, ni inglés, es el aire de la fábrica. La tierra que le pertenece no es ni francesa, ni inglesa, ni alemana, está a unos cuantos pies bajo el suelo.
Karl Marx: Crítica de «El sistema nacional de economía política» de Friedrich List

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viernes, junio 29, 2012

¿Qué fue el estalinismo?




Terrorismo político incesante, omnipresente y casi omnipotente Imprescindible falsificación de su propia naturaleza Capitalismo de Estado dirigido por el Partido-Estado y militarización del trabajo
Agustín Guillamón
 Balance. Cuadernos de historia | 30-11-2008
www.kaosenlared.net/noticia/que-fue-el-estalinismo

El estalinismo fue una ideología totalitaria, fundamentada en el culto a Stalin, que utilizaba un lenguaje marxista, y se reclamaba (y legitimaba) como continuidad de las tesis de Marx, Engels y Lenin.
A la muerte de Stalin, los dirigentes del Estado soviético y del PCUS, criticaron las “desviaciones” provocadas por el culto a la personalidad de Stalin. El regreso a una dirección colectiva del PCUS y de la URSS era suficiente (en 1956) para resolver los errores más graves del despotismo de Stalin, denunciados por Kruschov en el XX Congreso del PCUS.
A los herederos de Stalin les bastaba, en 1956, con introducir los principios democráticos en la dirección colectiva del PCUS para declarar que todo estaba arreglado. Para ellos Stalin fue un fenómeno monstruoso, pero ACCIDENTAL, y en todo caso las manifestaciones perversas del sistema estalinista, debidas al culto a la personalidad, se difuminaban y empequeñecían frente a los “gloriosos logros” del sistema soviético. (Para una ampliación de todo esto es muy útil la consulta del tomo III de Kolakowski,  pp. 15-55).
Los errores y horrores de Stalin se limitaban, según los herederos y sucesores estalinistas, al período que iba desde principios de los años treinta hasta su muerte en 1953.  Esta fue la explicación de los estalinistas sin Stalin, que a nadie convenció, pero que sirvió a todos para echar las culpas a un sólo individuo y enterrar todo el período estalinista bajo el cerrojo del olvido, la amnesia y el palimpsesto.
Para un análisis marxista del estalinismo, tenemos a dos excelentes militantes y teóricos marxistas: Munis y Bordiga.
Bordiga (asesorado por Trotsky) se enfrentó a Stalin (asesorado por Togliatti) en el IV Congreso de la IC y tiene varios escritos de crítica del estalinismo: “Diálogo con Stalin” y “Diálogo con los muertos”. Pero la mejor crítica del estalinismo está en Munis (en su libro Partido-Estado-Revolución, reeditado por Muñoz Moya ediciones).
La mejor y más precisa definición del estalinismo es la que hace Munis, que intentaré resumir aquí brevemente. Según Munis, las características de la contrarrevolución estalinista fueron:
1.- Terrorismo político incesante, omnipresente y casi omnipotente.
2.- Imprescindible falsificación de su propia naturaleza contrarrevolucionaria, y de la naturaleza de sus enemigos, especialmente de los revolucionarios.
3.- Explotación de los trabajadores, mediante un capitalismo de Estado, dirigido por el Partido-Estado, que militarizó el trabajo.
Entre los intelectuales burgueses, puede establecerse una especie de escala cronológica en la denuncia del estalinismo, que se centra sobre todo en determinadas fechas conflictivas (insurrección húngara de 1956, o checa de 1968)…. Sartre, Camus,  Merleau-Ponty y un largo etcétera, ante el que cabe preguntarse por qué unos se “despiertan” en 1968 y no antes, en 1956, o por qué no con Orwell en 1937. La respuesta suele ser siempre la misma: oportunismo y ventajas que suponía la tolerancia respecto al estalinismo, con masivas militancias en los PC francés e italiano, y sus evidentes horrores.
Por otra parte, la denuncia del estalinismo suele detenerse en Lenin. Véase por ejemplo el propio Bordiga en su artículo “Lenin en el camino de la revolución” escrito a la muerte de Lenin en 1924, o el de los años sesenta sobre la respuesta a Lenin en su acusación de izquierdismo a las Izquierdas Comunistas alemana e italiana (que incluía al mismo Bordiga).
Fue la Izquierda germano-holandesa (Herman Gorter, Anton Pannekoek, Karl Korsh, Otto Rühle, Jan Appel, etcétera)  espléndidamente traducida al español en varios libros de Ediciones Espartaco Internacional, quien hizo la crítica marxista más temprana y radical al estalinismo y al leninismo.
Es indudable que las raíces del estalinismo se encuentran en la concepción leninista del partido, así como en el wilsoniano  “derecho de las naciones a la autodeterminación”,  propugnado también por Lenin, y por supuesto en el fracaso de la revolución internacional en Alemania, en 1919.
Sobre la crítica a la concepción del partido, y a la pretensión de extender las tácticas rusas a Europa occidental, véase la carta de Gorter a Lenin y sobre todo la crítica rigurosa y fundamental de Pannekoek en Lenin filósofo.
Par una crítica de la concepción leninista y estalinista del nacionalismo véase el texto de Pannekoek, titulado “Lucha de clase y nación” y el de Gorter “El imperialismo, la guerra y la socialdemocracia” (ambos en el libro Contra el nacionalismo de Espartaco).
El enfrentamiento de la Izquierda germano-holandesa con Lenin, en el seno de la III Internacional, era el encontronazo de los marxistas internacionalistas contra un Lenin, nacionalista ruso, imbuido en la tradición y terminología marxista, pero que había abandonado el pensamiento marxista en núcleos esenciales del pensamiento de Marx:
1.- La liberación de los trabajadores será obra de los propios trabajadores, que adquieren su conciencia en la propia experiencia histórica, sin necesidad de que unos intelectuales burgueses, desde el exterior de la clase obrera, y ajenos a ella, les enseñen la teoría marxista.
2.- El proletariado es internacional e internacionalista, y no tiene que reconocer ningún “derecho” burgués a la autodeterminación. La lucha de clases y la revolución proletaria serán de ámbito mundial, o no serán. 
3.- La revolución rusa de 1917 debía someterse a los intereses del proletariado internacional, y no como sucedió, bajo presión de Lenin y los bolcheviques, que consiguieron someter la Internacional a los designios e intereses de la revolución nacional rusa y de su capitalismo de Estado. Bordiga denunciaba esto como “inversión de la pirámide” (esto es la Internacional sometida a los intereses nacionales del PC de Rusia).
4.- El parlamentarismo y el sindicalismo en Europa occidental han sido absolutamente superados en 1917, donde sólo podían ser   ya instrumentos de sumisión del proletariado. La táctica que Rusia impuso a la Internacional Comunista, de usar parlamento y sindicatos. era absolutamente nefasta en Europa occidental. Esa imposición debió mucho a Lenin, y fue una de las características del leninismo.                                                                                                                                            *
La grandeza del Octubre Rojo radica en que es la primera revolución proletaria de la historia, la primera vez en la que el proletariado tomó el poder, derrocando el gobierno de la burguesía. La revolución comunista sólo podía ser mundial, y fracasó en Rusia cuando se produjo la derrota del proletariado revolucionario en Alemania y la revolución soviética quedó aislada.
Este aislamiento, unido a las catástrofes de la guerra civil, el caos económico, la miseria y el hambre, magnificaron los terribles errores de los bolcheviques, entre los que destacaba la identificación entre Partido y Estado, que condujeron al triunfo inevitable de la contrarrevolución estalinista, desde el seno del propio partido bolchevique que había impulsado la revolución soviética de Octubre de 1917. La contrarrevolución estalinista fue pues de carácter político, destruyó toda oposición política e ideológica, reprimió duramente movimientos y grupos proletarios, indudablemente revolucionarios, y persiguió hasta el exterminio físico a quienes manifestaron la menor disidencia, ya fuera dentro o fuera del partido único bolchevique. En Rusia, el proceso revolucionario iniciado en 1905, obtuvo su primer éxito con la revolución democrática de Febrero de 1917, que derrocó al zar e instauró una república democrática, pero no se quedó a medio camino y llegó hasta el final con la insurrección de Octubre de 1917 en Petrogrado, en la que los soviets tomaron el poder, desplazando a la burguesía del aparato estatal.
La contrarrevolución estalinista fue pues de carácter político, y se encarnó en el monopolio del poder por el propio partido bolchevique, en las medidas de nacionalización y concentración económica estatal (capitalismo de Estado) y en la transformación del Partido bolchevique en un Partido-Estado.
Lejos de ser un banal golpe de Estado, como miente la clase dominante, la revolución de Octubre es el punto más alto que ha alcanzado hasta ahora la humanidad en toda su historia. Por primera vez la clase obrera tuvo el valor y la capacidad de tomar el poder, arrebatándoselo a los explotadores, e iniciar la revolución proletaria mundial. 
Aunque la revolución pronto iba a ser derrotada en Berlín, Munich, Budapest y Turín, aunque el proletariado ruso y mundial tuvo que pagar un precio terrible por su derrota: el horror de la contrarrevolución, otra guerra mundial, y toda la barbarie sufrida bajo los  estados totalitarios estalinistas; la burguesía todavía no ha sido capaz de borrar la memoria y las lecciones de este formidable acontecimiento.
El peor legado del estalinismo ha sido su perversa utilización de la ideología marxista-leninista como desarrollo ortodoxo del “marxismo”, que quedaba así invalidado y desprestigiado como teoría de la revolución proletaria. El leninismo usó un lenguaje marxista para justificar unos regímenes totalitarios, que nada tienen que ver con los análisis de Marx, efectuados entre 1844 y 1883, sobre el capitalismo y la explotación del proletariado. El propio Lenin, en sus concepciones y análisis sobre el partido, los nacionalismos, la revolución rusa, etcétera, se enfrentó frontalmente a otros teóricos marxistas, como Luxemburg, Bordiga, Gorter, Pannekoek, que denunciaron muy tempranamente las peores aberraciones del leninismo.
La concepción leninista del partido considera que la clase obrera es incapaz de alcanzar una conciencia que vaya más allá de chatas concepciones sindicalistas y reformistas. El partido ha de inocular, desde fuera de la clase obrera, la conciencia socialista y revolucionaria. Tal concepción, como demuestra Pannekoek en “Lenin filósofo” (editado en Ediciones Espartaco), es ajena a Marx, que afirmó claramente que “la emancipación de los trabajadores será obra de los propios trabajadores”.
El derecho (burgués) de las naciones a la autodeterminación, propugnado por Lenin, introduce la ideología nacionalista como objetivo fundamental del proletariado en la lucha por su emancipación. Tal y como debatió Rosa Luxemburg con Lenin, la ideología de liberación nacional de los pueblos oprimidos es una ideología burguesa, absolutamente ajena a la lucha de clases y a la emancipación del proletariado (véase los libros de María José Aubet sobre Luxemburg, editados por Anagrama y El Viejo Topo).
Las tácticas utilizadas por los bolcheviques en Rusia no eran generalizables a la situación existente en Europa occidental, donde los partidos comunistas propugnaban tácticas antiparlamentarias y antisindicales, que fueron condenadas dogmáticamente por Lenin. Véase (en Ediciones Espartaco) la “Carta abierta al camarada Lenin”, que Gorter escribió como respuesta al folleto leninista “El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo”.
Existe, pues, todo un corpus marxista, que denunció no sólo la barbarie totalitaria de los regímenes estalinistas y fascistas, sino también algunas de las peores aberraciones teóricas del leninismo: ésa es la herencia irrenunciable que nos han entregado las distintas fracciones de la izquierda comunista.
Ni la ideología leninista, ni el totalitarismo estalinista, son marxistas. Por marxismo hay que entender la crítica de la economía política del capital, efectuada por Marx a mediados del siglo XIX, su método de investigación, y la teorización de las experiencias históricas del proletariado (Manifiesto comunista, El Capital, 18 Brumario, etcétera), proseguidas por Engels, Luxemburg, y la izquierda comunista (rusa, italiana y germano-holandesa). Esta izquierda comunista estaba formada por pequeñas fracciones que, en duras condiciones de aislamiento y persecución física y política, criticaron, usando el método marxista, y en la práctica de la lucha de clases, las tergiversaciones de la Tercera Internacional, y del totalitarismo estalinista y fascista.
La crítica marxista de los regímenes estalinistas, resultado del análisis teórico y de la lucha de estas fracciones de Izquierda Comunista en el seno de la propia Internacional Comunista, que definieron con mayor o menor claridad a esos regímenes como capitalismo de Estado, se encuentra en la bibliografía abajo indicada. 
Agustín Guillamón. 
Bibliografía 
Appel; Gorter; Laufenberg; Meyer; Pannekoek; Pfemfert; Rühle; Reichenbach; Schwab; Wolfheim y otros: Ni parlamento, ni sindicatos: ¡Los Consejos obreros! Los comunistas de izquierda en la Revolución alemana. Ediciones Espartaco Internacional, Barcelona, 2004.
Aubet, María José: Rosa Luxemburg y la cuestión nacional. Anagrama, Barcelona. 1977.
[Bordiga, Amadeo]: Las grandes cuestiones históricas de la revolución en Rusia. Partido comunista internacional, Madrid, 1997.
Gorter; Pannekoek: Contra el nacionalismo, contra el imperialismo y la guerra: ¡Revolución proletaria mundial! Ediciones Espartaco Internacional, Barcelona, 2005.
Gorter; Korsh; Pannekoek: La izquierda comunista germano-holandesa contra Lenin. Ediciones Espartaco Internacional, Barcelona, 2004. [Contiene la “Carta abierta al camarada Lenin”, de Gorter y “Lenin filósofo” de Pannekoek].
Luxemburg, Rosa: La revolución rusa. Anagrama, Barcelona, 1975.
Luxemburg, Rosa: La cuestión nacional. Traducción y prólogo de María José Aubet. El Viejo Topo, Barcelona, 1998.
Mett, Ida: La Comuna de Cronstadt. Crepúsculo sangriento de los Soviets. Ediciones Espartaco Internacional, Barcelona, 2006.
Munis, G.: Revolución y contrarrevolución en Rusia. Muñoz Moya, Llerena, 1999.
 

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