Contra las patrias, el Viejo Maestro




La nacionalidad del obrero no es ni francesa, ni inglesa, ni alemana, es el trabajo, la esclavitud libre, el automercadeo. Su gobierno no es ni francés, ni inglés, ni alemán, es el capital. Su aire nativo no es ni francés, ni alemán, ni inglés, es el aire de la fábrica. La tierra que le pertenece no es ni francesa, ni inglesa, ni alemana, está a unos cuantos pies bajo el suelo.
Karl Marx: Crítica de «El sistema nacional de economía política» de Friedrich List

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sábado, mayo 05, 2012

Engels, “el General” del mérito

Gregorio Morán

La Vanguardia

SABATINAS INTEMPESTIVAS

Hay destinos póstumos que son como un sarcasmo. El de Federico Engels, por ejemplo. Fue heredero con fortuna, empresario de éxito, revolucionario consciente, riguroso ideólogo, soltero gozador, amigo inolvidable, padrino ideal, organizador incansable, escritor de fuste, coleccionista de gusto, adversario avieso, en fin, un hombre de esos que hacen época. Y hete aquí que la más irremediable de sus glorias póstumas fue la de aparecer siempre pegado a su amigo íntimo -Marx y Engels, parecen más idénticos que Ortega y Gasset o Pi y Margall- y luego adosado en efigie a Lenin, con el que probablemente nunca se hubiera entendido -detestaba el fanatismo-, y con Stalin -despreciaba a los ex seminaristas-, o con Mao, al que hubiera negado cualquier posibilidad de hacer algo parecido a una revolución con campesinos analfabetos.
Por primera vez aparece en castellano una biografía de Federico Engels que se puede leer sin un bostezo, lo que constituye un mérito historiográfico en un país como el nuestro, donde la historia suele ser un castigo dogmático y por demás falaz. Conozco historiadores que tienen a gala, o tenían, porque a algunos se los ha ido llevando la parca, que no la historia, haber publicado libros, ganado cátedras, profesar de maestros, sin haber leído un solo libro de literatura.
La escribió Tristam Hunt, un joven historiador británico -cosecha del 74, que no sé si fue buen año para los vinos pero detestable para la historia real-. Aparece en castellano (Anagrama) con un título torpe, El gentleman comunista.
No sé si es una influencia irresistible del pujolismo y su postulado de la autoestima a granel, pero esa manía, tan española por otra parte, de considerarnos capaces de enmendar la plana a quien se nos ponga por delante puede llevarnos a las situaciones más ridículas, como la del director de la Oficina Antifraude en Catalunya, Daniel de Alfonso, que recién nombrado aseguraba que el modelo catalán contra la corrupción será “un referente mundial”. Nos llega la mierda hasta la última fila del Palau y ahí tienen a un gracioso impartiendo doctrina. Que un libro, que en inglés se titula The Frock-Coated Communist, haya sido traducido en castellano como El gentleman comunista me parece una frivolidad. No sólo porque convierte un sustantivo en adjetivo -si es que esto le interesa hoy día a alguien- sino porque asume que los ingleses no están muy al tanto de lo que significa gentleman.
Por lo demás el libro se lee muy bien, que es la máxima aspiración de un lector ante una traducción, por más que haya algunas cosas que me suenan a raras. Pero como mi inglés es menos que rudimentario he de conformarme con que se diga “el gordo Bakunin” o “el exótico Lasalle”. Siempre creí que Bakunin era enorme de tamaño, sin cuyo rasgo no hubiera provocado alguna de sus historias más sonadas, pero “gordo”… Lo que sí puedo asegurar es que Ferdinand Lasalle, habilísimo negociador y tipo rarillo que sentaría las bases sobre las que se construiría luego la potente socialdemocracia alemana, no tenía nada de “exótico”, a menos que consideremos Silesia como un lugar exótico ¡No hubiera parado de reírse el tándem Marx-Engels de haber oído a alguien calificar de “exótico” a su detestado Lasalle, muerto en duelo por asuntos inconfesables!
Pejiguerías aparte, esta biografía de Engels es un texto de lectura obligada que rompe, sin ninguna pretensión escandalosa, con los tópicos que el tiempo y los regímenes del llamado socialismo real le colgaron al cuello. Probablemente no diga nada nuevo, pero lo cuenta de otra manera, sin liturgia ni rituales. La fuerza indestructible de la amistad con Marx, en primer lugar; también la autonomía de su propia obra y sobre todo su figura humana. Mientras que la vida de Carlos Marx transcurrió siempre obsesionada hasta las almorranas, por el estudio, por hacer su magna obra, por sentar las bases supuestamente indestructibles de una nueva era y por casar bien a sus tres hijas, Engels tuvo la suerte de poder permitirse el lujo, carísimo, de vivir con todas las comodidades que otorga una hacienda saneada, y al mismo tiempo volcarse sin dobleces en la creación de una organización revolucionaria.
La fe de Engels en la amistad no tiene nada de ciega, es consciente de la superioridad intelectual de Marx, pero sin alharacas ni sumisiones, como dos colegas que se conocieron de jóvenes y van a mantener por encima de todas las tortuosas fases de la historia, una intimidad inquebrantable. Engels será el financiador principal y en ocasiones único de la familia Marx, cuyas pretensiones burguesas respecto a las hijas, la vanidad de haberse casado con una noble alemana, las depresiones, las intemperancias de pobre con ambiciones, todo eso y mucho más será recogido con ese talante de encajador inteligente, de amigo para todo, que fue Engels. En la historia de la amistad, ni siquiera en algunas parejas de jesuitas fundadores de la Compañía, amigos hasta el martirio, se encuentra una tan hermosa e incombustible relación como la de Marx y Engels. Para las hijas de Marx su padre será “el Moro”, apelativo cariñoso, con ninguna de la connotaciones que hoy podría tener, o quizá sí, por su obsesión en casarlas bien, es decir, con hombres de fortuna, cosa que como suele suceder salió al revés y rematadamente mal. Para ellas, Engels era “el General”. El que mandaba realmente, el que orientaba a la familia además de financiarla, el que aconsejaba, el que cubría los errores cuando no los desmanes.
Durante muchos años, muchos, se ocultó la bárbara historia de Helene Demuth; la familiar criada, “Nim” en la cotidianeidad doméstica. Que Carlos Marx la pudiera violar, es más, que la hubiera violado, resultaba algo demasiado fuerte. Engels fue capaz de asumir como suyo al producto de aquella relación, el pobre Freddy, al que subvencionó y trató como sólo un tío cariñoso y decente podría hacer con un sobrino nacido por un desliz fraterno. Ya mudo y en el lecho de muerte, ante la insistencia de una hija de Marx que habían recogido el rumor y no podía creérselo, escribirá en una pizarra, como si se tratara de una escena de novela romántica, que el tal Freddy era hermanastro de ellas. Hay que ser muy amigo para llegar a asumir como propio el hijo de otro, creo yo. Y habrá quienes digan que, en fin, es una anécdota. Que lo piensen bien, porque constituye más bien un retrato de dos hombres que conformaron una idea que transformó el siglo. Las consecuencias no son suyas, ésas son más bien nuestras. Sería como achacar a Santo Tomás de Aquino los crímenes que se cometieron en su nombre, que fueron innumerables.
Nada que ver con un blando, a ver si nos entendemos. Benevolente con los amigos, aún más con las amigas -cuando cumplió 70 años, y le quedaban aún cuatro, lo celebró con dos docenas de ostras y otra docena de botellas de champán, lo contaba él mismo orgulloso de su supervivencia-, pero implacable con los adversarios. En política e ideología, no había piedad. Al pobre profesor Dhüring, catedrático en Berlín, le puso a caldo, con saña, algo que hoy sería impensable, porque estaba ciego. Contra un ciego escribir un libro como Anti-Dhüring y del que aprendería Pablo Iglesias lo único que sabía de marxismo-. Al enterarse del resumen, el propio Marx escribió: “yo no soy marxista”.
Un libro fresco El gentleman comunista. La vida revolucionaria de Friedrich Engels, retrato brillante de un caballero que gustaba de la aristocrática caza del zorro, de la bolsa de valores y de las asambleas arrebatadas de obreros insurgentes. El hombre que echó las raíces sobre las que se construiría la aventura más compleja del siglo XX: la quiebra del ideal obrero, matriz fracasada de una sociedad más justa.

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